martes, 7 de agosto de 2012

La filosofía política del modelo K. Argentina 2003-2015.

Este pequeño articulo ha sido tomado sin aviso previo, parcialmente robado, lo que en un punto lo dota de absoluta coherencia, del informe semanal elaborado por el excelente politólogo y mejor amigo: Claudio Iglesias para Joaquín Ledesma y asociados en la primera semana de agosto de 2012. Pienso que en este caso en particular, su informe semanal, tiene mucho mas de trascendente y de explicación general de la filosofía política del populismo k, que de informe de coyuntura. Todo lo que esta en itálica, es una copia textual del informe de Claudio.

 “Al comienzo de la era kirchnerista creo que comenzó a funcionar pero no llegó a plasmarse. No sé si se daba la situación para un populismo maduro; pensémoslo como un populista a medias.”
“Kirchner estaba al borde (...). A Cristina la veo como una líder potencialmente muy fuerte.” (Ernesto Laclau, Clarín, 29/10/10)

Para muestra sobro un botón:

Una de las universidades recientemente creadas en el Gran Buenos Aires recibió $47.327 para afrontar la necesidad de atender cada alumno allí inscripto durante el año 2011. Según la información disponible, eso equivale a algo más de 5 veces lo que recibe, por dar un ejemplo, la Universidad de Buenos Aires.

Este simple ejemplo, relacionado con el área en la que me desenvuelvo, solo pretende mostrar como funciona el Estado, en un sistema populista. El poder de dicho Estado esta en la capacidad de distribuir desde la misma cabeza ejecutiva del mismo, recursos, normas, menciones y otras asignaciones como permisos para delinquir sin ser observado en ese momento pero siendo archivando prolijamente el ilícito, con la sospecha de que esa información sea utilizada al momento en el que el favorecido se pasa al bando político enemigo. El líder identifica a un actor político como un aliado necesario, ejerce cooptación, lo hace crecer en recurso y en poder y discrecionalidad. Le hace sentir al elegido que están subiendo juntos a la cima, reservándose para si, el estratégico lugar de  la ladera. Una vez alcanzada una altura considerable, le hace saber explícitamente, que no llegó hasta dicha altura por si mismo, sino que debido al favor del líder y que ante la mínima critica publica o aspiración personal, será arrojado al precipicio. Lo que indefectiblemente sucede por necesidad de disciplinamiento y demostración de poder. Dejo para ustedes, los ejemplos concretos, entre los que se destacan dos apellidos con M. Esta antiquísima practica política, conduce indefectiblemente al temor, como forma de relacionarse con el poder, lo que siempre es bueno dado el tipo de personaje que suele inmiscuirse en dicha lucha por el poder. Ante la clásica disyuntiva maquiavélica entre ser amado o temido, los K han elegido ser temidos y por lo pronto, esa opción les esta resultando. De todos modos, saben y sabemos, las consecuencias personales de haber recurrido al hierro, cuando la suerte se vuelve esquiva en términos políticos y/o cuando simplemente cambian los tiempos.

Con respecto al relato permanente en el gobierno K, el amigo Claudio nos dice:

Detrás de esa estrategia de vender gato por liebre descansa una estrategia política que, contra lo que cualquiera podría pensar, se apoya en una elaborada visión de la política y las identidades sociales.

Y por ultimo yendo a lo que era el punto de este articulo, la filosofía política detrás del modelo K, Claudio nos instruye:

Ese nuevo pensamiento social y político, que tiene una audiencia bien establecida en las universidades del medio local, está inspirado en las elucubraciones de un filósofo argentino radicado en Inglaterra, el postmarxista Ernesto Laclau y cuyas citas encabeza esta columna.
El modelo de organización política que mejor expresa la perspectiva de Laclau es el que encarna Hugo Chávez en Venezuela y, en menor medida, Correa en Ecuador o Evo Morales en Bolivia.
¿Cuáles las ideas centrales que organizan los razonamientos políticos de este ex discípulo de Louis Althousser, máximo exponente de la izquierda marxista francesa durante la década del 60?
Dicho sencillamente: la realidad, según esta perspectiva, no es una materia políticamente relevante. La realidad, en verdad, no existe como tal y es una entera creación discursiva.
De tal manera, la única posibilidad de dotar de un significado a los diferentes aspectos de la realidad es mediante un combate por imponer a esa realidad una interpretación dominante –o hegemónica, la palabra fetiche de este enfoque– por sobre todas las demás.
Esa perspectiva de las cosas, inspirada en fuentes tan diversas como la filosofía de Heidegger, la escritura de Foucault, el deconstructivismo de Derrida y, de modo general, las filosofías del postmodernismo, se presenta como un rechazo a la idea tradicional de la política entendida como una deliberación pública entre agentes razonablemente dispuestos a intercambiar argumentos.
La democracia, más que la participación autónoma de unos ciudadanos racionales en una esfera pública autónoma, es una batalla sin cuartel por adueñarse de los significados sociales de ciertas ideas prestigiosas –derechos humanos, soberanía, justicia social o cualquier otro– de manera de excluir la posibilidad de que los adversarios puedan utilizarlos.
¿Adónde nos lleva todo esto? A la creciente incompatibilidad tendencial entre ese modo de entender la constitución de las identidades sociales y el compromiso genuino con la democracia entendida como un gobierno representativo basado en la discusión pública entre iguales.
Así, si alguien objeta el modo en que se politiza a los reclusos de sistema penitenciario, se contestará que eso es parte de un pensamiento reaccionario –es decir, no democrático– colocando al objetor por fuera del campo de lo políticamente aceptable o políticamente correcto.
Si una consultora privada publica estimaciones que prueban que la inflación triplica los índices que el gobierno da a conocer regularmente, se la acusará simplemente de conspirar contra la democracia y el pueblo y se lo perseguirá con penalidades acordes a esa “infamia”.
Si un empresario comenta que el sector de actividad donde opera experimenta un slowdown y lo relaciona con eventuales consecuencias de medidas cambiarias, será acusado de evasor, y socialmente estigmatizado en cadena nacional.
Si un abuelo dice que no consigue los dólares que deseaba regalar a su nieto será socialmente mortificado como miserable. La palabra “oligarcas” ha aparecido, cuando nadie lo hubiera imaginado, en la propia retórica presidencial en sus habituales visitas a localidades del Gran Buenos Aires.
La idea básica de este estilo de apelación política consiste en formar lo que se designa como una cadena de equivalencias –agentes e identidades sociales que se identifican unos con otros y se asimilan a la categoría de pueblo– para contraponerlos a otra cadena de equivalencias a la que se identifica socialmente como la oligarquía o el anti pueblo.
De esa manera ha venido operando el discurso político del gobierno, variando según la oportunidad, los elementos incluidos/excluidos de su retórica y de sus cadenas de equivalencia con el propósito de legitimar sus diferentes intervenciones políticas: desde la 125 (“la mesa de los argentinos”) hasta le ley de medios (“muchas voces”, “desmonopolizar”), desde el matrimonio igualitario hasta la confiscación de YPF (“soberanía hidrocarburífera”) y un largo etcétera.
Obviamente, todos esos casos no son iguales y, muchas veces, esas medidas hubieran sido acompañadas por una amplia mayoría de la opinión pública. Pero el objetivo de superponerlos con la identidad política del gobierno persigue excluir de la competencia por representarlos a sus rivales, sean ellos socialistas, del PRO, radicales o peronistas disidentes.
La idea rectora es que nada que proponga la oposición puede exhibir un aspecto positivo. Y que, cuando así lo parece, solo es el resultado de plantear las cosas “en los términos equivocados, haciéndole el juego a la derecha.”
Nada parece escapar a esta concepción según la cual lo único que importa en términos políticos es ampliar el propio esquema de poder –fáctico y discursivo– volviendo inadmisible cualquier otra alternativa. Hasta la política exterior, con el relevo de Paraguay por Venezuela, se entiende mejor en esta perspectiva.
De hecho, la asimetría fundamental que hoy parece existir en Argentina es la que se establece entre la reconocida capacidad del gobierno para organizar su cadena de equivalencias y sus antagonismos constitutivos –pueblo versus campo, democratización versus monopolios mediáticos, etc.– y la falta de una aptitud equivalente entre sus adversarios.
Por esa razón, el gobierno ha señalado una y otra vez su animadversión por los medios de comunicación opositores; ellos proveen a la sociedad aquello que el sistema político hoy no parece en condiciones de asegurarle: la posibilidad de articular cadenas de equivalencias opuestas a las que propone el gobierno.
Tal vez, la presidente sea inusualmente sincera cuando habla de la “cadena nacional del desánimo” en el sentido de señalar el modo en que los medios opositores proveen a la sociedad de un marco de referencia y significación alternativo a los que desliza el gobierno.
Esa función de los medios es muy importante, obviamente. Pero señala una carencia evidente: en ninguna democracia los medios son una opción política.

La opción tiene y debe ser la oposición política porque es así como funciona el menos malo de todos los regímenes políticos. De lo contrario corremos serios riesgos de movernos hacia el autoritarismo, una alternativa que nos ha hecho sufrir pero que a no pocos les gusta.

Por lo tanto hoy el esfuerzo de la oposición debe estar en pensar, construir y comunicar otro modelo, sustentado en una filosofía política superior desde lo moral, mas democrática, mas igualitaria y mas integradora. Una democracia que no le tema a los mejores, haciéndoles saber que en su mérito hay mucho de azar, que los obliga a la generosidad. Una democracia lo mas alejada posible de la brutalidad del poder y de sus arbitrariedades, sin miedo al cambio, sabiéndolo institucionalizar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario